La misma idea se repite en mi mente. Incesante, perpétua. La misma locura de necesitar el calor de tu piel bajo mis sábanas. De sentirme vivo en el reflejo de tu sonrisa. Y clavar entonces mis ojos en tu mirada, y generar la chispa de lo eterno, de lo mágico. Parar el reloj, sentirnos ausentes del mundo. Llorar de alegría y a la vez llorar de miedo. A que todo pase, a que nada quede. Sufrir la desesperación en cada despedida, temer que la magia de repente termine. Y así seguir absorto en tu carita, hasta el amanecer.
4:00. Calor. Siento tu calor coporal, el tacto de tu piel bajo las sábanas. Piernas enlazadas. Un abrazo, cara a cara. Ojos cerrados. Calma. Silencio. Tu olor es embriagador, relajante. Estoy consciente, ajeno a todo lo externo a nuestro mundo. Feliz, saboreando cada segundo. Sin nada en la mente, sólo amor. Tú, yo, noche… y amanecer.
Notaba cuando tu cuerpo estaba al borde del colapso, era capaz de saber el momento exacto de la última explosión de placer. Y estaba cerca, muy cerca, llegando. Tus pupilas se dilataban, tu pecho se erguía aún más y nuestro dúo pélvico amainaba su movimiento, quedando exhaustos sobre la mesa. Apenas podíamos respirar o tragar saliva, pero todavía teníamos alguna fuerza para abrazarnos, besarnos y reposar en aquella posición, algo incómoda. Dije un te quiero, me incorporé y te arrastré conmigo, conservando el abrazo. Comencé a caminar, te guiaba. Nariz con nariz, te miraba y sonreías, dejándote llevar por mis pasos. ¿A dónde iría?…
La puerta de la habitación se abrió lentamente, permitiendo entrar algún tono de luz, muy tenue, insuficiente para despertarte. El reloj contaba ya las 5 de la madrugada y la cama hacía horas que te había reclamado. Dormías tranquila, feliz. Tu carita se apoyaba en la almohada, creando una de esas imágenes que no se irán jamás de mi memoria. Y me senté, a tu lado, con la intención de mirarte hasta que sonara el despertador. Sabía que darías cualquier cosa por despertar y verme contigo, por besar mis labios antes de levantarte, por sentirme tuyo. Pero no aguanté demasiado tiempo. No quería despertarte, sólo darte un beso y notar tu piel. Lo hice. Te besé… y tus ojitos se abrieron. Me miraste… y una sonrisa risueña apareció en tu rostro. Pero esa mirada significaba algo más. Mucho más. Tus manos salieron de las sábanas, rodearon mi cuello, entrelazándose tras él, arrastrándome hasta tus labios. Tu lengua se abrió paso en mi boca y, ésta, dejándola entrar… la atrapó con fuerza para saborearla, despacio, muy despacio, captando todas las sensaciones de su sabor. No quería terminar nunca ese beso… pero te apartaste. Muy poco. Lo suficiente para decirme una frase al oído…