Tu ropa interior me encantaba. Suave, delicada, sutil…¡era mía! La prenda que hacía unos minutos te había arrebatado mi mente, estaba en mi poder, y mis dedos jugueteaban con ella, disfrutando de su textura sabor a ti.
Si quieres comerte aquello que guardaban… sígueme…
No lo dijiste. Tu boca sólo se abrió lo suficiente como para seguir provocándome, pero no para mediar palabra. Interpreté tus ojitos revoltosos en apenas segundos y… Hubiese insistido en que se hacía tarde… pero… estaba hechizado, inmerso en tu mundo, en todas las sensaciones que me regalabas. Me levanté, aceptando tu invitación, para cogerte de la mano. Un beso. Corto. Te pusiste en marcha y te seguí. El pasillo de tu casa, tan largo, era ideal para mantener la intriga. ¿A qué lugar me estabas llevando? A los pocos pasos, te detuviste. Yo contigo. Frente a mí, abrazándome, me diste el alto. Te rodeé con mis brazos, a la vez que tu lengua se acercó a mi cuello. Embriagador. Sentirte tan cerca, rozar tu piel… podía hacerte el amor sin descanso y volver a sentir mil sensaciones con cada beso, con cada caricia o con cada simple roce. Me comías el cuello, la barbilla… y los labios. La pasión aumentaba, pero en tu fiel intención de desquiciarme, te separaste, un poquito, volviendo a andar, tirando de mi, sin girarte. Un paso, otro, otro más. Una puerta, abierta. Me habías llevado hasta la cocina. ¿Querrías desayunar? No, parecía que no. Algún recuerdo de una fantasía anterior me reveló tus verdaderas intenciones. Aunque hasta que no mostraste la última carta, no estaba seguro de ellas.
El final de tu espalda pegaba con el borde de una mesa, pequeña, donde solíamos preparar el desayuno. Yo seguía agarrándote por la cintura, regalándote besos y más besos, intercalados con miradas de complicidad. Pero tu cara comenzó a distanciarse, a caer, hasta reposar tumbada. La madera apenas podía tapar toda tu espalda, dejando tus piernas suspensas en el vacío. Mirándome, tus ojos irradiaban deseo, amor, cariño… y más ganas de jugar. Quería tumbarme sobre ti, quitarte la toalla…. pero al hacer ademán, me paraste con la mano. Después, cayo hasta tu cuerpo, todavía cubierto, y pululó haciendo círculos, hacia arriba, hacia abajo… con tu dedo índice indicando un posible recorrido de mi boca. Loco, observándote me estaba volviendo loco. Anulaste el nudo, pero tu piel blanca seguía allí, sin caer. Cualquier movimiento tuyo podía hacerla deslizar… pero consciente de ello, evitabas moverte. Destaparte poco a poco sabías que crearía más tensión.. y así lo hiciste. Retirabas la toalla, con un sólo dedo… acariciándote según te ibas descubriendo. Te desnudabas lentamente, humedeciéndote por dentro, de pensar en la situación desatada. Despojada de toda tela, me permitiste bajar hasta ti, igual que antes, sin pronunciar una palabra. Tu mirada lo decía todo. Tanta confianza, tanto engranaje de sentimientos… había hecho que para charlar nos bastara el intercambio de una sola mirada. Y desnudo también, me tumbé sobre ti. Mi….
Tags: erótico, erotismo, narrativa, relatos, Sentimientos, sexo