Un concurso curioso…

Navegando por ahí, he encontrado un concurso de lo más curioso: relatos hiperbreves. Tan “hiper“, que sólo se pueden escribir 157 caracteres, lo que da para un sms de móvil. :O :O Telefónica, el bbva y bubok (un portal para publicar libros físicos vendiendo online) están detrás. Me llama la atención que el precio del mensaje, para la tarifa que suele ser habitual, es bastante bajo; y los premios… 1500€ para el ganador y 1 móvil para los 4 finalistas…

Quién sabe, igual me anime con algo… :P

Exilio

Frío. Hambre. Humillación. La Luna nos observa con ojos de misericordia, pero es consciente de que nada puede hacer por ayudarnos. Cientos de hombres, mujeres y niños dejamos hace semanas nuestra tierra marchando, según algunos, a un lugar lleno de esperanza. Por el camino se oyen gemidos y quejas, comentarios, deseos, pensamientos….el eco de unas vidas que ya no volverán a sonreir. Las caravanas acompañan con el rechinar de sus ruedas nuestro lamento y es esa rutina y su ritmo quién me hace recordar los días precedentes a la guerra. Paseábamos felices por el lago, inconscientes, evadidos de esa gran tragedia que se aproximaba con paso cada vez más firme. No importaba. No importaba no pensar en el futuro, sólo había que vivir el presente y vivirlo a tu lado. Recuerdo aquella tarde soleada, aquella hierba acogedora, aquella montaña risueña y cómo nuestros besos compartían protagonismo con nuestras caricias. Te quería tanto…

Algo que escribí hace tiempo…

Desde tu mente…

La luz volvió a mi mundo: libros, apuntes, mesas… para bien o para mal, el entorno había cambiado, había vuelto a la normalidad. Hubiese querido seguir charlando con aquel ser misterioso, pero era tan escurridizo… y tan impredecible… Desganada, miré el reloj. Estaba harta de estudiar, cansada de no tener más ilusiones, más sueños, más sorpresas. Faltaba ya poco para irme a casa, pero esa pesadez estaba haciendo estragos. La biblioteca, en exámenes, se hace insoportable y a pesar de que hoy no volvería sola… no lo aguantaba más. Miré de nuevo el libro de ecología, quería cerrarlo. Pero algo comenzaba a transformarse. La gente iba desapareciendo, poco a poco, evadiéndose en el aire, dejando brotes de humo y cierto olor… familiar. ¿Dónde había olido eso antes? La sala se quedó vacía, como sin vida. Parecía la imagen inanimada de un cuadro. Un dibujo tal vez. La verdad es que la situación parecía siniestra, pero había algo que me tranquilizaba. Mi mente no alcanzaba a comprender el por qué pasaba aquello, dónde se habían metidos todos, por qué olía tan bien… pero sabía que esta vez no iba a pasar nada malo. Noté la dulce presión de un abrazo. Tierno, cortés, mimoso. Giré la cabeza. A un lado. Al otro. Miré atrás. Pero seguía sola. ¿Qué era aquello entonces?

Un nuevo destino (aka Tu habitación X.5)

Notaba cuando tu cuerpo estaba al borde del colapso, era capaz de saber el momento exacto de la última explosión de placer. Y estaba cerca, muy cerca, llegando. Tus pupilas se dilataban, tu pecho se erguía aún más y nuestro dúo pélvico amainaba su movimiento, quedando exhaustos sobre la mesa. Apenas podíamos respirar o tragar saliva, pero todavía teníamos alguna fuerza para abrazarnos, besarnos y reposar en aquella posición, algo incómoda. Dije un te quiero, me incorporé y te arrastré conmigo, conservando el abrazo. Comencé a caminar, te guiaba. Nariz con nariz, te miraba y sonreías, dejándote llevar por mis pasos. ¿A dónde iría?…

La mesa de la cocina (aka Tu habitación X)

Mi cuerpo reposaba sobre el tuyo, mi ojos estaban clavados en ti. Pasaron unos segundos y los cerré. Tus boquita notó mi lengua, la presión de mis labios y el calor de mi aliento. El mejor beso de tu vida, fue largo, mágico, apasionado. Y provocador, totalmente provocador. Habías comenzado a notar algo entre las piernas, colándose en ti, en una sensación de hormigueo que te recorría entera, desquiciando tus sentidos. Volví a abrir los ojos, observando los tuyos, ahora perdidos en mí. Y no dejaba de mirarte, de amarte, de hacértelo. Te quería tanto…

La suavidad de tu piel se mezclaba con la excitación del momento, creando una textura única que saboreaba en tu cuello. Lamía un lado, migraba a tu barbilla y seguía en el otro. Tus manos se agarraban a mi espalda, con fuerza, intentando acariciar y mantener la palma abierta. Pero el control era difícil. Los gemidos indicaban que estabas fuera de sí, en algún punto de una muerte dulce y placentera. Imposible no cerrar el puño, no exprimirte en el deseo o no gritar de la pasión. Imposible de veras. Notaba cuando…

Tu habitación, el comienzo…

La puerta de la habitación se abrió lentamente, permitiendo entrar algún tono de luz, muy tenue, insuficiente para despertarte. El reloj contaba ya las 5 de la madrugada y la cama hacía horas que te había reclamado. Dormías tranquila, feliz. Tu carita se apoyaba en la almohada, creando una de esas imágenes que no se irán jamás de mi memoria. Y me senté, a tu lado, con la intención de mirarte hasta que sonara el despertador. Sabía que darías cualquier cosa por despertar y verme contigo, por besar mis labios antes de levantarte, por sentirme tuyo. Pero no aguanté demasiado tiempo. No quería despertarte, sólo darte un beso y notar tu piel. Lo hice. Te besé… y tus ojitos se abrieron. Me miraste… y una sonrisa risueña apareció en tu rostro. Pero esa mirada significaba algo más. Mucho más. Tus manos salieron de las sábanas, rodearon mi cuello, entrelazándose tras él, arrastrándome hasta tus labios. Tu lengua se abrió paso en mi boca y, ésta, dejándola entrar… la atrapó con fuerza para saborearla, despacio, muy despacio, captando todas las sensaciones de su sabor. No quería terminar nunca ese beso… pero te apartaste. Muy poco. Lo suficiente para decirme una frase al oído…

Tu habitación (IX, aka La cocina)

Tu ropa interior me encantaba. Suave, delicada, sutil…¡era mía! La prenda que hacía unos minutos te había arrebatado mi mente, estaba en mi poder, y mis dedos jugueteaban con ella, disfrutando de su textura sabor a ti.

Si quieres comerte aquello que guardaban… sígueme…

No lo dijiste. Tu boca sólo se abrió lo suficiente como para seguir provocándome, pero no para mediar palabra. Interpreté tus ojitos revoltosos en apenas segundos y… Hubiese insistido en que se hacía tarde… pero… estaba hechizado, inmerso en tu mundo, en todas las sensaciones que me regalabas. Me levanté, aceptando tu invitación, para cogerte de la mano. Un beso. Corto. Te pusiste en marcha y te seguí. El pasillo de tu casa, tan largo, era ideal para mantener la intriga. ¿A qué lugar me estabas llevando? A los pocos pasos, te detuviste. Yo contigo. Frente a mí, abrazándome, me diste el alto. Te rodeé con mis brazos, a la vez que tu lengua se acercó a mi cuello. Embriagador. Sentirte tan cerca, rozar tu piel… podía hacerte el amor sin descanso y volver a sentir mil sensaciones con cada beso, con cada caricia o con cada simple roce. Me comías el cuello, la barbilla… y los labios. La pasión aumentaba, pero en tu fiel intención de desquiciarme, te separaste, un poquito, volviendo a andar, tirando de mi, sin girarte. Un paso, otro, otro más. Una puerta, abierta. Me habías llevado hasta la cocina. ¿Querrías desayunar? No, parecía que no. Algún recuerdo de una fantasía anterior me reveló tus verdaderas intenciones. Aunque hasta que no mostraste la última carta, no estaba seguro de ellas.

El final de tu espalda pegaba con el borde de una mesa, pequeña, donde solíamos preparar el desayuno. Yo seguía agarrándote por la cintura, regalándote besos y más besos, intercalados con miradas de complicidad. Pero tu cara comenzó a distanciarse, a caer, hasta reposar tumbada. La madera apenas podía tapar toda tu espalda, dejando tus piernas suspensas en el vacío. Mirándome, tus ojos irradiaban deseo, amor, cariño… y más ganas de jugar. Quería tumbarme sobre ti, quitarte la toalla…. pero al hacer ademán, me paraste con la mano. Después, cayo hasta tu cuerpo, todavía cubierto, y pululó haciendo círculos, hacia arriba, hacia abajo… con tu dedo índice indicando un posible recorrido de mi boca. Loco, observándote me estaba volviendo loco. Anulaste el nudo, pero tu piel blanca seguía allí, sin caer. Cualquier movimiento tuyo podía hacerla deslizar… pero consciente de ello, evitabas moverte. Destaparte poco a poco sabías que crearía más tensión.. y así lo hiciste. Retirabas la toalla, con un sólo dedo… acariciándote según te ibas descubriendo. Te desnudabas lentamente, humedeciéndote por dentro, de pensar en la situación desatada. Despojada de toda tela, me permitiste bajar hasta ti, igual que antes, sin pronunciar una palabra. Tu mirada lo decía todo. Tanta confianza, tanto engranaje de sentimientos… había hecho que para charlar nos bastara el intercambio de una sola mirada. Y desnudo también, me tumbé sobre ti. Mi….

Tu habitación (VIII)

… unas finas braguitas negras. Observaba cada uno de tus pasos y tú, siendo consciente de ello, procurabas avanzar muy lentamente, insinuándote, dejando que contemplara tu desnudez. Moría de deseo, sucumbía ante las provocaciones, mi cara me delataba. Mis ojos se clavaban en las eses de tu cintura, para subir por tu torso hasta tu cuello… hasta tu mirada… para bajar otra vez hasta tus rodillas… recorriéndote entera, con mis pupilas centradas en ti. Sentía el tacto de tu piel, respiraba tu olor, me estremecía. Lamía poro a poro tu pecho, te acariciaba espalda y hombros, devoraba tus labios y comenzaba a bajarte el último trocito de tela que te quedaba. Y estabas a varios metros de mí, pero notaba el calor de tu cuerpo, como si volvieras a estar a mi lado, en la cama. Llegando a la puerta, te giraste, mostrando tus encantos, con la intención de seguir con aquel juego provocativo. Me miraste y, soltando un beso al aire en mi dirección, desapareciste. Oía tus pasos, pero no lograba adivinar tus intenciones. Poco después, volvía a verte. Llevabas una toalla blanca, muy ajustada, que marcaba a la perfección tu silueta, tus curvas… y que apenas terminaba más allá de tu cadera. Tus manos escondían algo, tras de ti. ¿Qué sería? No me dejaste tiempo para intuirlo. Tu brazo tomó impulso, lanzándome una bola negra, que atrapé entre mis manos. Tu…

Tu habitación (VII)

… tu boquita comenzaba a reaccionar. Apenas había exhalado un “buenos días“, con tono muy suave, casi un susurro. Pero ahora necesitaba mis besos, sentirse llena de mi lengua, de mi sabor. Volvíamos a tener los ojos cerrados, disfrutando del momento, sintiendo una pasión que aparecía de nuevo. Te quería tanto…

Minutos después, sin mediar palabra, separamos nuestros labios. No mucho. Lo sufiente para mirarnos a los ojos y quedar fascinados. Hipnosis. Miles de imágenes pasaban con rapidez por mi mente, recuerdos, sensaciones, sentimientos… habíamos vivido tanto en tan poco tiempo…. estaba tan enamorado… Y, sin embargo, no podía hacer que el tiempo cesara su avance, que las agujas del reloj dejaran de moverse. Separarme de ti me costaba mi alma, pero se hacía cada vez más tarde… Te animé a levantarte, varias veces. Girando sobre la cama, jugando, tampoco tenías fuerzas para alejarte de mí… Probé un movimiento, te sujeté de las muñeas y en pocos segundos hice que tu espalda volviera a reposar sobre las sábanas y yo, sobre ti. Te miré, te besé y… te convencí. Debías irte a clase… Te levantaste, dejando tu cuerpo desnudo, cubierto sólo por….

Tu habitación (VI)

Los primeros rayos de sol se hacían paso entre las cortinas, chocando contra las sábanas que, a esbozos, cubrían alguna parte de nuestros cuerpos. Abrazado a ti, abrí los ojos, muy despacio. Temía despertar y no tenerte a mi lado. Temía que el calor de tu cuerpo se desvaneciese en el recuerdo, difuminándose en la realidad. Temía que toda la noche no hubiese sido más que un sueño. Pero seguías ahí, pegada a mí, durmiendo, ajena al mundo… quizás imaginando un paraiso a tu alrededor, donde yo fuese la playa. Había pasado horas mirándote, observando la forma en que dormías, almacenando en mi memoria cada detalle. El tiempo no se detenía, pero cada minuto se convertía en único. Poco antes del amanecer, mis pupilas se cerraron agotadas…

Tu carita seguía transmitiendo la más pura tranquilidad. Las caricias de mis manos sobre tu cintura no lograban despertarte, ni tampoco el cosquilleo de nuestras piernas entrelazadas. Hubiera estado una eternidad alimentando tus sueños con esas sensaciones… pero se hacía tarde. Mi cabeza reposaba a muy pocos centímetros de la tuya… me acerqué aún más.. y te besé, suave, apenas tocando tu labio inferior. Me miraste, sonriendo, con un gesto muy dulce. Estabas ya despierta y…