Dos. Dos personas, dos amantes. Dos años. El mismo pulso acelerado, la misma emoción. Felicidad. Calma. El mundo ya no gira y todo se detiene en el momento mágico de besarnos. Sentimiento intacto, pasión creciente, ganas de ti. Vacío si no estás, plenitud al tocar tu piel. Locura. Amor. Aniversario.
Estrellas, luz de Luna. Noche. Dos amantes descansan sobre la arena de playa, abrazados, observando la bóveda celeste. Cielo y tierra. Tú. Yo. Nosotros.
Las sábanas apenas cubrían tu cuerpo. Hacía calor, una madrugada de verano arrancaba en la habitación y mis ojos hacía rato que estaban abiertos, observando el compás de tu respiración sobre la cama. Tu piel, el contorno de unas curvas perfectas, tu olor… volvía a crearse un mundo paralelo, onírico, lleno de sensaciones y sentimientos. Hombros desnudos, torso a medio tapar, caderas protegidas sólo por tu ropa interior… estabas preciosa. Una imagen grabada a fuego para siempre y un recuerdo que evocar en los días grises sin ti. Y a pesar de estar tan cerca, de tenerte a centímetros, comenzaba a desquiciarme. No podía resistirlo, necesitaba acariciarte, besarte, recorrer tu espalda con las yemas de mis dedos y hacerte despertar con el placer en tus sentidos. Era inevitable, te deseaba tanto…
Terror. Terror es tu ausencia, necesitar… necesitarte. Las noches en vela imaginándote, el amanecer caótico tras mis sueños, levantarse esperando nada. Mirar el reloj estancado, caminar por un rumbo sin sentido, donde no estás tú. Quebrar planes, desvanecer ilusiones. Gritar al vacío, ser espectador. Eso es el terror. Mi terror. Mi temor.
Miedo es pensar que puedo perderte. Miedo es el futuro sin ti, el presente en tu ausencia, el pasado en la angustia de no conocerte. Miedo es echarte de menos, necesitar tu aliento en el mío, vivir anhelando tu respirar en mi pecho. Miedo. Miedo es desear abrazarte y tocar al aire, vagar por las horas con sed de ti. Miedo es…